La luz del amanecer que se filtraba por las rendijas de las paredes de bambú teñía de un tono dorado el pálido rostro de Sebastián.
No soltaba la mano de Valentina, como si aflojara el mínimo contacto, esta realidad se desvanecería y despertaría de nuevo solo en el frío bosque.
Sebastián miró el pequeño disco duro en su palma: un objeto del tamaño de un pulgar que contenía suficiente información explosiva para derrumbar el imperio Varga, construido sobre sangre.
¿Lo has guardado durante seis m