Bogotá no los recibió con los brazos abiertos, sino con una fría neblina de contaminación y luces de neón que parecían amenazantes.
Tras un viaje clandestino de casi veinte horas por rutas fluviales y terrestres agotadoras, Valentina y Sebastián se encontraban ahora en un callejón oscuro, a solo dos cuadras del Hospital Central de Bogotá.
El sonido de las sirenas de ambulancias a lo lejos sonaba como un recordatorio de que estaban en una zona de guerra diferente.
Ya no era la selva salvaje, s