Isla del Silencio. Tres meses después.
La brisa salada del Pacífico acariciaba la terraza de una cabaña de madera que se alzaba firme sobre la arena blanca.
En esta isla, ajena al lujo y la opulencia de Bogotá, el tiempo parecía haberse detenido.
No había el estruendo de hélices, ni el destello de flashes de cámaras; solo el sonido constante de las olas y el canto de las aves tropicales.
Valentina a quien los lugareños conocían ahora como 'Elena, la Comadrona' estaba de pie en el umbral de su