Los truenos retumbaban, como si el cielo mismo protestara contra la crueldad que se estaba desarrollando bajo él.
Valentina gimió de dolor, su cuerpo se arqueó cuando otra fuerte contracción sacudió su útero.
Bajo las luces parpadeantes del muelle y la furia de la tormenta, miró a Sebastián: el hombre al que más odiaba y, al mismo tiempo, el único ser humano en quien podía confiar para proteger la vida de su hijo en ese momento.
¡Vale, mírame! ¡Respira! gritó Sebastián por encima del viento.