El silencio dentro del Rolls-Royce que los llevaba a casa desde la oficina era más agudo que una daga.
Sebastián estaba sentado al lado de Valentina, mirando por la ventana hacia las luces parpadeantes de la ciudad de Medellín, mientras Valentina apretaba su bolso de mano con los nudillos blanqueados.
El certificado de defunción de Carolina, que había metido allí, parecía emanar un aire frío que penetraba en su piel.
Tan pronto como la puerta de la mansión se cerró detrás de ellos, Valentina