El amanecer en la ciudad fronteriza del norte no trajo consigo ningún calor. El cielo era de un gris pálido, cubierto por una niebla marina que traía consigo olores a sal y óxido.
Dentro de la pequeña habitación sobre la tienda de abarrotes, mechones de largo cabello negro aún yacían esparcidos por el suelo de madera, como los restos de una vida que la propia dueña acababa de matar.
Valentina quien ahora debía acostumbrarse a responder al nombre de Elena contemplaba su reflejo en el espejo.
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