Las frías y húmedas paredes del baño parecían aplastar a Valentina.
En la oscuridad, podía escuchar los latidos desbocados de su propio corazón, compitiendo con el sonido de la lluvia golpeando el techo de chapa de la estación.
La mano de Valentina que cubría la boca de Miguel estaba helada y temblorosa, pero no se atrevía a moverse ni un milímetro.
Toc. Toc. Toc.
Los pasos se detuvieron justo frente a la puerta. Una sombra se deslizó por debajo de la rendija. Valentina contuvo la respiración