La oscuridad dentro de la choza se sentía como un líquido espeso que ahogaba los pulmones de Valentina.
El suero que se había puesto goteaba lentamente, siendo el único latido de vida en aquel lugar que olía a tierra mojada y madera podrida.
Valentina ya no sentía el frío de la lluvia que se filtraba por el techo; su conciencia flotaba en la frontera entre la realidad y el delirio.
Fuera, el rugido del motor de la lancha rápida se apagó de golpe.
El silencio volvió a reinar, dejando solo el