El ruido del motor del barco pesquero, que parecía toser, era la única melodía que acompañaba el sueño de Valentina, acurrucada bajo una pila de redes con olor a pescado.
Sentía cómo el agua del mar salpicaba su rostro mientras la embarcación de madera surcaba las olas nocturnas rumbo al Archipiélago del Rosario, un grupo de islotes aún fuera del alcance de los radares del lujoso Grupo Valderrama.
El muelle de Barranquilla, ahora lleno de hombres de Sebastián, se fue alejando cada vez más, con