El sonido de las teclas en el viejo almacén sonaba como ráfagas de ametralladora, frías y precisas.
Bajo la tenue luz de la lámpara, el rostro de Sebastián estaba iluminado por el brillo azul de tres monitores que mostraban complejos gráficos de flujos financieros globales.
El antiguo anillo de sello de Don Alejandro brillaba en el dedo meñique de Sebastián.
No era una simple joya; en su interior albergaba un chip de encriptación física, la auténtica "Llave del Reino" de los Valderrama.
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