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El dolor en su sien fue lo primero que registró. Punzante, insistente, arrastrándola de vuelta a la consciencia con una crueldad casi deliberada.

Camila abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz tenue que filtraba a través de una ventana cubierta con papel periódico. No reconoció el lugar. Paredes de concreto sin pintar. Suelo de cemento frío. Olor a humedad y algo químico que no podía identificar.

Intentó moverse y descubrió que sus manos estaban atadas—no con cuerda

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