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Samuel entró a la habitación con un ramo de flores caras—orquídeas blancas que probablemente costaban más que el salario semanal de una enfermera—y una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. El contraste entre el gesto y la tensión palpable en la habitación habría sido cómico si no fuera tan calculadamente insultante.

—Alejandro—, dijo con calidez falsa que hizo que los dientes de Camila se apretaran—. Qu

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