El estudio de Mateo Vargas ocupaba la última planta de un edificio rehabilitado en el barrio de las Letras. Valeria llegó cinco minutos antes de las once, con el traje blanco de la víspera recién planchado y los labios rojos intactos. No sabía por qué había elegido el mismo atuendo. Quizás para recordarse a sí misma que ya no pedía permiso. Quizás porque el rojo, pensó mientras el ascensor subía, era el color de las facturas.
La puerta era de madera maciza, sin letrero. Llamó dos veces.
—Un mom