AURA.
Mis ojos se abren lentamente, recibiendo el peso de la luz del día que se filtra sin piedad por las rendijas de la cortina. Siento una punzada sorda en mis caderas y el cuerpo me duele deliciosamente, la prueba palpable de la intensidad de la noche anterior.
Me giro en el colchón buscando el calor de Christopher, pero la cama está fría y vacía a mi lado. Me siento de golpe, mi corazón se hace pequeño y helado en mi pecho. Lo busco con la mirada por toda la habitación: no hay rastro de él. Su ropa desapareció, solo queda mi vestido azul tirado en una silla.
La cruda realidad me golpea con la frialdad de las sábanas vacías. Supongo que, después de la química explosiva y el sexo animal que tuvimos, él vuelve a ser lo que es: el hombre inaccesible, el enemigo potencial. Y yo vuelvo a ser la mujer de acero que debe manipular a su familia.
Sé que esta distancia es lo mejor, lo único seguro. Sé que debemos mantenernos separados. Pero una punzada amarga de decepción me atraviesa el estó