El sol de la tarde caía con una luz dorada y pacífica sobre los inmensos jardines de la mansión Knight, un contraste absoluto con la frialdad de las salas de mármol del Palacio de Justicia. El viento suave mecía las copas de los árboles, y por primera vez en meses, el aire en la propiedad no se sentía denso ni cargado de amenazas ocultas. La pesadilla legal y el terror del puerto habían quedado atrás, sepultados bajo las condenas de treinta y veinticinco años que los noticieros aún repetían en