Franco se quedó en silencio un instante, como si las palabras fueran demasiado frágiles para sostenerlas, demasiado pesadas para dejarlas salir. Sus ojos, antes fijos en un punto imaginario en la madera del escritorio, se levantaron lentamente y se encontraron con los de Siena. Había miedo en su mirada, miedo a lo que diría, miedo a admitir que todo lo que había intentado bloquear estaba de vuelta, más real y brutal que nunca.
—Siena… —susurró, su voz apenas un hilo de sonido—. No sé ni por dónd