Después de la pregunta de Franco, el aire dentro de la sala se siente profundamente pesado. Cada pequeño sonido —el crujido del piso ante un leve movimiento, la respiración contenida de los presentes o el llanto ahogado de Siena— parece amplificado. Franco solo la observa, esperando una respuesta que no llega. No hay una sola palabra, un gesto, o siquiera un atisbo de señal por su parte que le indique cómo debería reaccionar. Solo está ella, con la mirada fija en un punto inexistente mientras s