Después de la pregunta de Franco, el aire dentro de la sala se siente profundamente pesado. Cada pequeño sonido —el crujido del piso ante un leve movimiento, la respiración contenida de los presentes o el llanto ahogado de Siena— parece amplificado. Franco solo la observa, esperando una respuesta que no llega. No hay una sola palabra, un gesto, o siquiera un atisbo de señal por su parte que le indique cómo debería reaccionar. Solo está ella, con la mirada fija en un punto inexistente mientras sus lágrimas no dejan de salir, como si tratara de atravesar las paredes con el fuerte dolor que se refleja en su mirada y así poder escapar.
Siena puede sentir como su cabeza da vueltas, que el mundo entero se mueve a un ritmo verdaderamente vertiginoso mientras su cuerpo se queda atrapado en un tiempo diferente. Por un momento realmente piensa que puede controlar las emociones que la arrollan, que puede ordenar su respiración, calmar el temblor de sus manos y respirar de manera uniforme para ca