En el momento que Siena entra en las instalaciones del periódico local, lo hace como una tormenta contenida que por fin encuentra una grieta por donde colarse. La puerta se abre de golpe a su paso, y el tintineo de la campanilla apenas si alcanza a anunciar su llegada antes de que su furia llene el espacio. El lugar huele a tinta fresca y papel viejo; dos escritorios alineados en paralelo se encuentran en la entrada, una mujer se encuentra atendiendo una llamada detrás de uno de ellos y se sorprende ante la tempestiva entrada.
Detrás de ella, Kirsteen entra con pasos presurosos.
—Siena, por favor —dice en voz baja, intentando hacerla entrar en razón—. Si no te calmas, entonces…
Pero es inútil. Siena ni la escucha ni se detiene. Camina directo al escritorio principal, donde la mujer ya ha colgado el teléfono y sólo la mira. Sin previo aviso, Siena estampa el ejemplar del periódico contra la mesa con un golpe seco que hace vibrar el portalápiz mientras la chica da un ligero brinco de s