La lluvia cae con una intensidad desbordada, golpeando el suelo del bosque con fuerza. Contrario de esa llovizna suave y pasajera con la que suelen comenzar las lluvias, desde un principio esta es un tupido aguacero. Siena y Franco descienden del mirador tan rápido como pueden, cubriéndose el rostro con las manos mientras tratan de distinguir el camino lodoso entre la cortina de agua.
—¡Siena! ¡Por aquí! —exclama Franco por encima del estruendo de la lluvia mientras cambia la dirección por la que se dirigen.
Sin percatarse de ello, Siena corre a su lado, aunque cada paso es una batalla contra el terreno resbaladizo. Sus zapatos chapotean, su chaqueta está empapada y el frío, que se colaba con inocencia minutos antes, ahora muerde sin pudor alguno. Corren cerca de unos quince minutos más, o por lo menos así lo siente, hasta que finalmente, entre los árboles, de entre la bruma de la lluvia y troncos cubiertos de musgo, alcanza a divisar la silueta de una estructura hecha de piedra. Solo