—¿Entonces está todo bien? —Margaret toma de la mano a su esposo mientras se sienta en la cama, lo observa fijamente a los ojos y sonríe cuando él, como siempre, besa su mano con total adoración.
Siena observa la escena que se desarrolla frente a ella y no puede evitar sonreír; también siente un poco de celos ante la imagen. Siempre ha sido fanática de esos amores que, a pesar de todos los años que llevan junto, parecen amarse como el primer día.
Colocándose de pie, se aparta de la cama antes de responder.
—Sí, todo está bien. Tal vez un poco de cansancio —asegura mientras sonríe—. Recomendaría caminatas cortas; eso ayuda a fortalecer el corazón.
Ambos mayores solo asienten y, sumergidos en su propio mundo de protección, Margaret comienza a crear una rutina para Alistair. Siena y Franco los observan y luego se retiran en silencio, dejándolos estar. Cuando la puerta se cierra a sus espaldas, Siena comienza a recoger su cabello mientras sus pies se encaminan hacia la escalera. El olor a