—¡Deja de defender a esa maldita perra! —gritó—. ¡Defiéndeme a mí! ¡Yo soy tu esposa!
Vanessa logró zafarse de su agarre levantó la mano abofeteándolo dos veces. Su expresión era de rabia, angustia, impotencia. No podía controlar el temblor de su cuerpo, su pecho subía y bajaba con cada respiración. Alan no se movió, la miró a los ojos. No existía una palabra que pudiera consolarla, cómo explicar lo inexplicable. No había excusa ni justificación que pudiera suavizar ese dolor. No podía saltarse