Ese tenemos que hablar me quedó resonando en la cabeza, tenía infinidad de preguntas que no tendrían una respuesta hasta que no habláramos. Odiaba sentirme así, perdida. No me quedaba más remedio que esperar.
Esa misma semana recibí una llamada de él, estaba tan frío que por poco me congela. Mis pensamientos; algo pasó.
—Sí.
—¿Tienes planes para el viernes?
—El viernes —repetí—. No.
—Perfecto. El viernes nos vemos, yo te envío un mensaje con la dirección del lugar donde te recojo.