La asistente del abogado Adam Coney llegó a su apartamento a las afueras del barrio latino de la gran manzana.
Ya era de noche, llevaba un cansancio descomunal, zapatos de tacón que estaba loca por arrojar sobre cualquier parte de su piso y carpetas en la mano, junto a un maletín de cuero.
Vestida de oficina y muy formal, aunque con un ligero desaliño de su cabello recogido gracias al frío que apenas cubría el largo abrigo y las pocas cervezas encima ingeridas en el bar de la esquina del bufet