—Amiga, ¿cómo se siente estar en este motel tan cutre? —Se echó a reír, mientras que Elizabeth comenzaba a ponerse nerviosa—. ¿Me dejas pasar?
La rubia Elizabeth Cord tragó grueso, le dio escalofríos esa inesperada visita.
Dejó entrar a la esposa de Gael y cerró la puerta.
Tamara, justo al entrar, se detuvo en seco, quedándose de pie. Miró a su alrededor, el lugar estaba limpio, ordenado y no olía mal, como a café y perfume de mujer. Divisó una maleta vacía, rectangular y de ruedas, abierta de