Los cuerpos se apretaron todavía más. Los corazones latían acelerados, sincronizados, deseando lo mismo.
El deseo era palpable, inevitable.
El vestido resbaló por los hombros de Celina como si hubiera sido hecho para rendirse al toque de Thor. Él lo dejó deslizarse lentamente, saboreando cada centímetro de piel que se revelaba, como si fuera un regalo que desempaquetaba con reverencia. La tela cayó suavemente a sus pies, dejándola solo con la delicada lencería que parecía elegida especialmente