Narra Ignacia.
Su sabor no era ni un cuarto de parecido a lo que esperaba es adictivo, tanto que mis manos pasaron de estar en el aire a posarse en su cara y no sé qué me ocurrió. Pues ya no me importaba ser vista, solo quería que me arrancara este fastidioso vestido y me calmara esta palpitación en mi feminidad inflamada y resbaladiza que lo está esperando con ansias; sin embargo, él se alejó y me sonrió con autosuficiencia, provocando que en medio de mi deseo quisiera darle una bofetada.
—Ya