Capítulo 26. Los Carusso siempre vuelven.
Massimo no gritó. No golpeó nada. Se quedó de pie bajo la lluvia, mirando la dirección por donde se había ido su hijo. La frialdad volvió a su cuerpo, pero esta vez no era una máscara. Era el hielo del empresario que acaba de perder su activo más valioso y está calculando cómo destruir al ladrón.
Sus ojos verdes eran dos pozos de muerte.
El teléfono de Massimo sonó. Era un número desconocido.
Massimo contestó, puso el altavoz y protegió el celular de la lluvia con su mano.
—Dime que está vivo —