Planeando su fin.
La sala estaba en penumbra.
Solo una lámpara tenue iluminaba el espacio, suficiente para vigilar sin perturbar el descanso de las dos mujeres que dormían por primera vez sin cadenas ni miedo inmediato.
Agatha estaba acurrucada contra el pecho de Leandro. Incluso dormida, sus dedos se aferraban a su camisa, como si temiera que al soltarlo todo volviera a derrumbarse. Él, acostado a su lado, le acariciaba el cabello con movimientos lentos, constantes, protectores. No hablaba. No necesitaba hacerl