La mañana siguiente, Anna caminó por la boutique con un nudo en el estómago. El ambiente olía a rosas frescas y a encajes recién planchados, pero para ella todo era confusión. La modista la condujo hasta un vestidor amplio, repleto de espejos y vestidos blancos relucientes.
Cuando el cierre del vestido se cerró a su espalda, Anna apenas respiró. Se giró lentamente hacia el espejo: la tela de seda abrazaba sus curvas, el corset realzaba su cintura, el velo caía con suavidad sobre sus hombros. Lu