Lissandro estaba viviendo el momento más feliz de su vida. Aún tenía las manos temblorosas mientras miraba a sus hijos envueltos en mantas suaves, diminutos, perfectos, respirando con esa fragilidad que lo hacía sentir invencible y vulnerable al mismo tiempo.
Entonces se escucharon gritos en el pasillo.
La doctora, que acababa de terminar con Anna, levantó la vista.
—¿Qué es eso?
La enfermera que los había atendido antes entró casi sin aliento.
—El otro señor San Marco… creo que su esposa tambi