El reloj marcaba las diez de la noche.
En algún punto de las colinas de Toscana, una mansión antigua dominaba el valle como un predador dormido.
Las luces interiores eran escasas, y el aire olía a madera vieja, tabaco y pólvora.
Bruno Cossio, conocido en los círculos más oscuros como Escorpión, caminaba de un lado a otro del salón principal.
El fuego de la chimenea iluminaba su rostro, revelando su mirada azul gélida y ese rostro prefecto que no parecía que fuera el de un sicópata.
Sus pasos er