El reloj marcaba las siete de la tarde cuando Isabella se miró por décima vez en el espejo. Se había cambiado de ropa 7 veces y se había cambiado el peinado unas 10, caminaba nerviosa por su departamento, miraba por la ventana, luego el reloj y luego el espejo.
El vestido azul claro que había elegido le caía justo por encima de las rodillas, y el cabello —suelto, con leves ondas— enmarcaba su rostro encendido por los nervios.
Intentó no parecer demasiado arreglada, pero el brillo en sus ojos l