—Se lo diré. Le diré mi secreto —se dijo Taylor a sí mismo mientras conducía su coche, encaminándose a I’ll Castello. Se lo repetía una y otra vez, como si tuviese miedo a olvidarlo o a acobardarse. De alguna manera, reiterarlo le daba valor.
Al llegar, bajó del auto y entró al elevador para subir al octavo piso. Dio un respetuoso saludo a la nueva secretaria del CEO y tocó la puerta un par de veces antes de ser invitado a pasar.
—¡Taylor! —pronunció Josh, quien seguía en el despacho—. ¡Me da