Camelia se sentía como una niña pequeña siendo regañada por sus padres. Con el rostro bañado en lágrimas, los miró, poniéndose de pie con la urgencia de regresar a su casa, a su hija. Mientras recogía sus cosas, les respondió con voz llorosa:
—Fui a llevar a la mujer a su escondite y olvidé el teléfono en la gaveta. Perdón, perdón, es mi culpa, es mi culpa. Sé que no debí dejarlos, pero debía ser un secreto para que ese hombre no la encontrara.
—Señora Camelia, ¿desde cuándo desconfía de nosotr