El polvo en la vieja cantera de caliza se negaba a asentarse. El aire sabía a tiza, a pólvora y a la traición más rancia. Valeria Mendoza sentía que su vida se había convertido en un laberinto de espejos donde cada rostro que amaba o en el que confiaba se deformaba hasta volverse irreconocible.
Segundos después de que Julián la soltara y Bruno diera el alto, el caos se desató con una precisión quirúrgica. Un estallido de granadas aturdidoras iluminó las paredes blancas de la cantera, sumiendo e