El estruendo sordo del motor del hidroavión privado cesó al apagarse las hélices sobre el muelle de madera de Guatapé. Eran las dos de la mañana.
La niebla espesa y húmeda que descendía de las montañas antioqueñas envolvía la masa oscura de la piedra y las aguas profundas de la represa, trayendo con