La oficina del presidente estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el zumbido monótono del aire acondicionado. La luz del sol entraba a raudales, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire, ajenas a la tormenta que se desataba en el interior de Seraphina Sinclair. Ella estaba de pie frente al escritorio de madera de nogal, sosteniendo la carta de renuncia con una firmeza que hacía que sus nudillos se tornaran blancos.Alaric Blackwood desvió la mirada de la pantalla de su ordenador. Sus ojos ámbar, siempre gélidos, se fijaron en el papel que ella acababa de depositar sobre la mesa.—¿Seguro? —Su tono fue grave y calmado, desprovisto de cualquier emoción, como si estuviera confirmando un trámite logístico más de la empresa.—Sí —respondió Seraphina. Su voz era apenas un susurro, pero contenía una firmeza que nunca había mostrado.Alaric se recostó lentamente en su sillón de cuero.Sus largos y estilizados dedos empezaron a golpear rítmicamente la super
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