El aire en el despacho privado del ala oeste no olía a la cera ni a las flores blancas del fallido banquete fiduciario; olía a papel antiguo, a tinta ferrogálica y al humo amargo del leño de roble que se consumía en la chimenea de mármol negro.
Eran las dos de la mañana.
Tras el encuentro en el búnk