GINA.
Toco suavemente la puerta de la oficina de Richard, avergonzada de haber llegado tarde, aunque haya sido para cambiar de nuevo mi yeso al haberlo estropeado. Escucho suaves pisadas acercándose, y a los segundos la puerta se abre mostrando el rostro preocupado de mi jefe.
— ¡Gina! Gracias a Dios, estás bien —comenta tomando mi mano y dándole un suave beso, haciendo que me sienta un poco incómoda—. ¿Cómo estás, preciosa? Pasa.
Me adentro en la oficina sintiendo la mirada de Richard en mí. C