Anya
Orion no volvió a mi oficina. Ni siquiera un golpe en la puerta. Solo su voz a través del intercomunicador: calmada, distante, casi… educada.
Me dijo que podía irme por hoy.
Por un momento pensé que lo había oído mal. Orion nunca hacía algo así. No era de los que daban permisos para salir temprano, especialmente no a mí. Pero lo repitió, con tono seco y formal, como si estuviera leyendo un guion que no quería que nadie cuestionara.
Luego añadió, casi como si se le hubiera ocurrido después,