El silencio dominó el ático.
Nadie podía apartar la vista de la fotografía.
Doña Rita seguía sosteniendo la imagen.
Las manos le temblaban ligeramente.
— Conozco a este hombre.
Gabriel se puso de pie de inmediato.
— ¿Quién es?
La ama de llaves respiró profundamente.
Como si estuviera intentando ordenar recuerdos enterrados durante décadas.
— Su nombre es Eduardo Vasconcelos.
El nombre cayó sobre la mesa.
Pesado.
Pero nadie pareció reconocerlo.
Nadie.
Excepto Daniel.
Fue apenas un instante.
Una