Danilo
Él entró a la cárcel como quien cruza un umbral hacia un mundo sin retorno. El portón metálico se cerró tras él con un estruendo que le pareció el eco de su propia condena. El aire olía a óxido, sudor y miedo. Caminó despacio, con la espalda encorvada, hasta un rincón donde la penumbra lo abrazó como un refugio precario. Allí se sentó, temblando, con los ojos abiertos como faroles apagados, incapaz de ocultar el terror que lo consumía.
No tardaron en aparecer las sombras. Tres presos se