33; EL JUICIO
Danilo entró al salón sobandose las muñecas porque al trasladarlo le habían colocado unas esposas pequeñas; cada paso resonaba como un eco de vergüenza. Sus ojos estaban cansados, pero había en ellos un brillo de esperanza, como si todavía quedara un rincón de fe en la bondad de los demás. Angie y su madre lo esperaban en la primera fila, con una bolsa de comida envuelta en servilletas, ropa limpia y unos billetes doblados con cuidado. Se acercaron despacio, y Danilo bajó la mirada. La voz le sa