El sonido de las llaves girando en la cerradura rompió la quietud de la casa. Apenas se abrió la puerta, un pequeño torbellino de energía se lanzó hacia el hombre que acababa de entrar.
—¡Papá, llegaste! —exclamó Nicolás, con los ojos brillando de emoción mientras corría a abrazar a Andrés con todas sus fuerzas.
Andrés, aún con el maletín en la mano, se agachó de inmediato para recibirlo entre sus brazos. Lo alzó del suelo y lo estrechó contra su pecho, sintiendo el calor del cuerpecito de su h