Brith sintió que la sangre le hervía. La idea de casarse por conveniencia lo repugnaba, pero sabía que estaba en una posición desesperada.
—Lo pensaré —respondió finalmente, con un tono frío.
Eduardo asintió, como si ya hubiera ganado.
—Tómese su tiempo. Pero recuerde, esta es una oportunidad que no se presenta dos veces.
Brith Cartier salió del imponente despacho de Eduardo Montenegro con la mandíbula tensa y las emociones en conflicto. Había mantenido la compostura frente al empresario, pero