El salón de conferencias estaba impregnado de una tensión palpable. Brihana Kazcanov, con un porte imponente y una mirada que podía atravesar el acero, se encontraba frente a un grupo de personas que habían intentado manipular la situación de las reacciones alérgicas para su beneficio personal. A su lado, dos abogados de renombre acomodaban cuidadosamente los documentos que contenían pruebas irrefutables de los crímenes de los presentes.
La sala estaba en completo silencio, excepto por el leve