A las diez de la mañana, la atmósfera en la residencia de los padres de Valentina era de absoluto caos. La elegante casa victoriana de Eduardo y Elena Ferrer, financiada en gran medida por la asignación mensual que Valentina les otorgaba voluntariamente desde hacía casi una década, se había convertido en un centro de crisis.
Elena Ferrer, una mujer de sesenta años que siempre cuidaba hasta el más mínimo detalle de su imagen social, caminaba por la estancia principal con un pañuelo en la mano. E