Valentina Ferrer no era una mujer que tomara decisiones por impulso, pero cuando actuaba, no dejaba espacio para la duda.
A las nueve en punto de la mañana, la sala de reuniones de Maison Ferrer estaba en absoluto silencio. Sobre la mesa de caoba no había prototipos de joyas ni catálogos de gemas, sino una serie de carpetas administrativas y varios estados de cuenta bancarios. A su lado, Santiago, el abogado de la empresa y una de las pocas personas de su entera confianza, aguardaba con expresi