A las diez de la mañana, la atmósfera en la residencia de los padres de Valentina era de absoluto caos. La elegante casa victoriana de Eduardo y Elena Ferrer, financiada en gran medida por la asignación mensual que Valentina les otorgaba voluntariamente desde hacía casi una década, se había convertido en un centro de crisis.Elena Ferrer, una mujer de sesenta años que siempre cuidaba hasta el más mínimo detalle de su imagen social, caminaba por la estancia principal con un pañuelo en la mano. Eduardo, su padre, permanecía sentado en un sillón de cuero, con el rostro ensombrecido y la mirada perdida.En el centro de la habitación, Camila sollozaba con la cabeza entre las manos, mientras Nicolás permanecía de pie junto a la ventana, de espaldas a todos, sumido en una culpa asfixiante.—¡Tienes que llamarla de nuevo, Nicolás! —exigió Elena, levantándose de golpe y acercándose a su hijo menor—. Eres su hermano preferido, a ti te escucha. Dile que estamos preocupados, que venga a la casa a
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