Nicolás caminaba sin rumbo por el parque central de la ciudad, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo y la bufanda levantada para cubrirse del viento helado de la tarde. En su teléfono móvil, que no paraba de vibrar cada veinte minutos, aparecían llamadas perdidas de Adrián, de Camila y de su madre. No quería contestarle a ninguno.
Sentía que llevaba sobre los hombros el peso de una montaña. Desde el día del vuelo, cuando el pánico lo hizo romper el pacto de silencio que la famili